
Esta tarde me enfadé con mi madre, así que me fui a dar una vuelta.
Pasé por el parque y se me ocurrió sentarme en un banco, me puse a llorar de la rabia y de la impotencia. Giré la cara y me sobresalté porque vi a una mujer, estaba vestida de naranja como una mandarina, pero ella no se molestó en mirarme, simplemente se dedicaba a mirar al frente, con cara afligida; ya estaba haciéndose tarde, pues me quedé embobado con la mujer
Cuando me iba a ir, pasé por su lado, y me puse a hacer gestos, pero ella tampoco me giró la cara, aunque se puso a llorar, le dije:
- No llores.
Aunque no quería decírselo, me salió solo. Y me tapé la boca, ya inútilmente, pues ya se lo había dicho.
Me apeteció tocarle el pelo, porque desde lejos parecía algodón; cuando me acerqué vi que en la mano tenía unos pétalos. Un viento suave sopló, y se le cayó un pétalo, se cayó a mis pies, así que lo cogí, cuando fui a entregárselo, ella hizo un gesto con la mano para que esperara, y un suave soplo salió de su boca, y los pétalos se dispersaron por el aire, pero ninguno cayó al suelo, sino que explotaron en el aire haciendo unos fuegos artificiales, o al menos eso me parecía a mí.
La mujer me miró y susurró algo, no me enteré y le pregunté:
-¿Qué? - Pero ella desapareció y se escuchó un eco.
-Guárdalo, por favor.