miércoles, 25 de febrero de 2009

El sótano del judío


En épocas muy remotas vivía en una lóbrega casa de Córdoba un viejo y avaro judío, cuya única preocupación durante su vida había consistido en reunir toda clase de objetos preciosos y una gran cantidad de monedas de oro. Deseoso de almacenar una cuantiosa fortuna, vivía miserablemente y no desperdiciaba ocasión de hacer usura a costa de los necesitados.

Tenía la casa un sótano oscuro y profundo, en cuyo interior guardaba celosamente de todas las miradas su cuantiosa fortuna, de la cual sólo tenía noticia su única hija, una doncella hermosísima, que con alguna frecuencia solía entrar en el sótano siguiendo órdenes paternas.

Cuenta la leyenda que una noche en que el judío quería llevar al sótano en secreto un pequeño tesoro recién conseguido, mandó a su hija que lo bajara. La obediente doncella encendió una vela y con el tesoro en la mano bajó las oscuras y empinadas escaleras, hasta llegar a lo más profundo del sótano. Se disponía ya a subir cuando sonaron las campanadas de las doce. De repente, y ante la mirada atónita del judío y el terror de la doncella, se apagó la vela y se cerró la entrada de la cueva.


Desde fuera de la cueva se oían lo gritos de su hermosa hija. De pronto su hija paró de gritar, el padre vio por una pequeña rendija una extraña luz. En ese momento apareció de detrás de un montón de lingotes de oro una mujer con una antorcha.

Era una mujer con ropa muy vieja y rota, tenía la piel blanquecina, estaba muy delgada y tenía aspecto de comer muy poco.

La hija del judío se quedo mirando fijamente a la mujer que se acercaba lentamente a ella. Cuando estaba a punto de tocarle, la chica volvió en sí, tan tranquila, esperó a que la mujer se acercara y le preguntó, quien era y ella le contestó que era su madre. De pronto están en un total silencio, y comienza a cotar la historia:

Resultó que la mujer hacía diecisiete años estuvo casada con el judío, pero un día la mujer , ya muy cansada de él, decidió contarle a la gente del pueblo todas las riquezas que tenía su marido. Pero él se enteró de sus planes y la encerró en ese sótano. Al cabo de un tiempo pensó que estaba muerta, pero la mujer había salido por una trampilla que había en el sótano.

Después de haberle contado la historia a su hija, las dos cerraron la puerta y escaparon por la trampilla con parte del dinero. Al cabo del tiempo, cuando él consiguió abrir la puerta, se encontró con que no había nada, se lo habían llevado todo poco a poco. Y allí quedó, pobre y desesperado.

Desde entonces dicen que por las noches en la casa se oyen gritos de desesperación.